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Salud y bienestar

Respiración, digestión e inflamación

El nervio vago, activado por la respiración diafragmática, regula la digestión y modula la respuesta inflamatoria del organismo.

La digestión no solo depende de lo que comemos. También depende del estado en el que comemos.

¿Alguna vez has terminado de comer sin apenas recordar el sabor de la comida?

Mientras comías respondías mensajes, pensabas en el trabajo o mirabas una pantalla.

Vivimos tan deprisa que muchas personas ya no encuentran tiempo ni para comer con calma.

Sin darnos cuenta, pedimos al aparato digestivo que haga bien su trabajo mientras el resto del organismo sigue funcionando como si tuviera que responder a una amenaza.

Y la digestión no suele llevarse bien con las prisas.

Respirar también prepara al organismo para digerir

Como vimos en la guía sobre el sistema nervioso, nuestro organismo alterna continuamente entre estados de activación y de recuperación.

Cuando predomina el sistema nervioso simpático, prioriza responder a los desafíos del entorno.

Cuando predomina el sistema nervioso parasimpático, dispone de mejores condiciones para digerir, absorber nutrientes, reparar tejidos y desarrollar parte de la actividad del sistema inmunitario.

Digestión, absorción de nutrientes, motilidad intestinal y reparación de tejidos forman parte de un mismo estado fisiológico: el estado de recuperación.

La respiración influye en ese equilibrio.

Por eso no solo sirve para obtener oxígeno.

También ayuda a crear las condiciones en las que el organismo puede alimentarse, digerir, absorber nutrientes y recuperarse.

No estamos diseñados para huir de un peligro… y digerir una comida al mismo tiempo.

La digestión empieza mucho antes del estómago

La digestión no comienza cuando los alimentos llegan al estómago.

Empieza cuando vemos la comida, percibimos su aroma, comenzamos a masticar y el organismo entiende que ha llegado el momento de alimentarse.

Cuando comemos con prisas solemos masticar menos, producir menos saliva y tragar demasiado rápido.

La saliva inicia la digestión de algunos nutrientes, lubrica los alimentos y facilita su paso hacia el aparato digestivo.

Comer deprisa no solo cambia lo que comemos. También cambia la forma en que lo digerimos.

El diafragma hace mucho más que mover aire

Cada respiración moviliza el diafragma y, con él, buena parte del contenido del abdomen.

Cada respiración también masajea suavemente los órganos abdominales.

Ese movimiento genera cambios de presión que acompañan el funcionamiento normal del aparato digestivo, favorecen el retorno venoso y participan en funciones como la defecación.

Además, estas variaciones de presión acompañan la motilidad fisiológica del aparato digestivo.

Por eso, una respiración funcional no solo beneficia al sistema respiratorio.

También acompaña el movimiento natural del aparato digestivo.

¿Qué relación existe con el tránsito intestinal?

El estreñimiento tiene múltiples causas, como una alimentación pobre en fibra, una hidratación insuficiente, el sedentarismo, algunos medicamentos o determinadas enfermedades.

La respiración no es la única causa ni la única solución.

Sin embargo, un patrón respiratorio funcional favorece el movimiento del diafragma, la regulación del sistema nervioso y un adecuado equilibrio del dióxido de carbono (CO₂).

El CO₂ participa en la regulación del tono del músculo liso y de la perfusión de numerosos tejidos, incluido el aparato digestivo. Mantener un equilibrio adecuado favorece que estos procesos fisiológicos se desarrollen en condiciones más eficientes.

Al igual que ocurre en el cerebro o en el sistema cardiovascular, un adecuado equilibrio del CO₂ también contribuye a mantener unas condiciones fisiológicas favorables para el funcionamiento del aparato digestivo.

Todo ello ayuda a crear un entorno más favorable para la motilidad intestinal y el tránsito digestivo.

El intestino: mucho más que un órgano digestivo

El aparato digestivo no solo absorbe nutrientes.

También alberga una parte muy importante del sistema inmunitario y mantiene una comunicación constante con el cerebro a través del denominado eje intestino-cerebro.

Por ese motivo, con frecuencia se conoce al intestino como el “segundo cerebro”.

No porque piense como el cerebro, sino porque dispone de un sistema nervioso propio, el sistema nervioso entérico, formado por cientos de millones de neuronas que regulan gran parte de su funcionamiento y mantienen una comunicación constante con el sistema nervioso central.

Quizá por eso todos hemos sentido alguna vez un “nudo en el estómago”, pérdida de apetito antes de un examen o molestias digestivas durante una época de estrés.

Las emociones no solo se experimentan en la mente.

También producen cambios medibles en el organismo, y el aparato digestivo es uno de los órganos donde esa relación resulta más evidente.

La respiración también forma parte de esta comunicación constante entre el cerebro y el aparato digestivo.

Al influir sobre el sistema nervioso, el movimiento del diafragma y otros procesos fisiológicos, ayuda a crear un entorno más favorable para la digestión y el funcionamiento intestinal.

Digestión e inflamación: una relación cada vez mejor conocida

La inflamación forma parte de la respuesta normal del organismo frente a una agresión.

El problema aparece cuando se mantiene de forma crónica.

Hoy sabemos que el estrés mantenido, la alteración del sistema nervioso, la microbiota y la salud digestiva mantienen una estrecha relación con numerosos procesos inflamatorios.

Comprender cómo interactúan estos sistemas ayuda a entender por qué la respiración despierta cada vez más interés como parte de un abordaje integral de la salud.

Profundizaremos en esta relación en la siguiente guía.

Ideas clave

• La digestión no solo depende de los alimentos; también del estado fisiológico del organismo.
• El sistema nervioso parasimpático favorece la digestión, la absorción de nutrientes y parte de la actividad inmunitaria.
• Comer con prisas modifica la forma en que digerimos los alimentos.
• El diafragma participa en el movimiento normal de los órganos abdominales y en la motilidad intestinal.
• El CO₂ participa en la regulación del tono del músculo liso y de la perfusión de numerosos tejidos, incluido el aparato digestivo.
• El intestino mantiene una comunicación constante con el cerebro a través del eje intestino-cerebro.
• La salud digestiva, el sistema inmunitario y la inflamación están estrechamente relacionados.

En resumen

La digestión necesita algo más que buenos alimentos.

También necesita un organismo preparado para digerir.

Respirar de forma funcional no sustituye a una alimentación saludable.

Pero sí ayuda a crear las condiciones fisiológicas necesarias para que la digestión, el tránsito intestinal y la recuperación funcionen de forma más eficiente.

La forma en que comemos es tan importante como aquello que comemos.

No basta con alimentar el organismo. También necesitamos crear las condiciones para que pueda nutrirse.

Porque la digestión no empieza en el estómago.

Empieza cuando el organismo entiende que puede dejar de sobrevivir durante unos minutos… para empezar a nutrirse.

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